Basta ya de eufemismos. Lo que está ocurriendo en las orillas de Los Alcázares, San Javier y San Pedro del Pinatar no es una «crisis ambiental» ni un «proceso de eutrofización». Es un asesinato ecológico y económico ejecutado a plena luz del día, con el consentimiento por omisión de quienes deberían protegernos y la voracidad de un modelo agrícola que ha decidido que el Mar Menor es su alcantarilla privada.
Durante décadas, se nos ha vendido el progreso a cambio de nuestra laguna. Hoy, el progreso es una «sopa verde» fétida y el balance es desolador:
En Los Alcázares, los vecinos viven con el corazón en un puño cada vez que el cielo se oscurece. Se han convertido en el sumidero de la Región. No solo reciben el agua de lluvia; reciben los lodos, los nitratos y la miseria de una cuenca mal gestionada que revienta sus calles y devalúa sus hogares. ¿Quién va a pagar por el miedo de una familia que ve cómo su casa se inunda de fango agrícola año tras año?
En San Javier, el cinismo es la norma. Se llena la boca la administración hablando de turismo de calidad mientras Santiago de la Ribera lucha por no asfixiarse. Es un insulto a la inteligencia pretender que el turismo y la náutica sobrevivan junto a un ecosistema colapsado. Se está permitiendo que el motor económico de miles de familias se hunda para no molestar a los grandes intereses del regadío intensivo que opera, muchas veces, fuera de la legalidad.
Y en San Pedro del Pinatar, la imagen de los peces saltando a la orilla para intentar respirar es la metáfora perfecta de nuestro litoral: nos estamos quedando sin oxígeno. La flota pesquera, símbolo de nuestra historia, asiste al exterminio de su medio de vida mientras los despachos oficiales se lanzan pelotas de competencias entre Murcia y Madrid. Es una vergüenza nacional que un Parque Regional sea el escenario de una mortandad masiva de fauna ante la mirada impasible de los políticos.
Ya no valen las fotos de políticos con botas de agua ni las promesas de «vertido cero» que nunca llegan. El Mar Menor ha sido sacrificado en el altar del beneficio rápido de unos pocos. Mientras tanto, los ciudadanos de Los Alcázares, San Javier y San Pedro ven cómo sus pueblos se marchitan, sus negocios cierran y su patrimonio se evapora.
Si el Mar Menor muere del todo, no será por un desastre natural. Será porque quienes tenían el poder de cerrar el grifo de los nitratos prefirieron mirar hacia otro lado. Y esa mancha, a diferencia del fango en las playas, no se quita con ninguna máquina de limpieza.
Y en medio de este abandono institucional, también es justo recordar que la historia del Mar Menor no solo es una crónica de destrucción, sino también de resistencia ciudadana. Este texto quiere reconocer a todas las personas que durante años han luchado para defenderlo y para que se reconociera su personalidad jurídica. En especial a figuras como Teresa Vicente y Alfonso Manzano, y a tantos activistas, científicos, vecinos y asociaciones que han mantenido viva la esperanza cuando parecía que todo estaba perdido. Gracias a su trabajo y perseverancia, el Mar Menor no solo tiene quien lo llore, sino también quien lo defienda.










0 comentarios